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Columnas

Cuba

12 de enero de 2026 · admin

 

Los Demonios del Poder

Cuba

Carlos Lara Moreno

En el ejercicio del poder hay decisiones que parecen menores, casi administrativas, pero que en realidad activan fuerzas mayores. Demonios. El envío de petróleo mexicano a Cuba es uno de ellos. No por el volumen del crudo ni por su impacto inmediato en las finanzas públicas, sino por el momento político en que ocurre y por quién observa desde el norte.

Para Claudia Sheinbaum Pardo, esta política hereda una lógica ya conocida: México como respaldo energético de la isla, bajo el discurso de la soberanía, la no intervención y la solidaridad histórica. Sin embargo, el contexto ya no es el mismo. El margen de maniobra internacional se ha reducido y el reloj electoral en Estados Unidos convierte cualquier gesto en munición.

Ahí entra Donald Trump. No como un actor hipotético, sino como un riesgo latente. Trump ha construido su narrativa política sobre enemigos claros y soluciones simples: migrantes, cárteles, países “ingratos”. México suele aparecer en los tres rubros. En ese marco, enviar petróleo a Cuba no es un acto humanitario; es, para su discurso, una afrenta ideológica.

El problema de fondo no es Cuba. Es Washington. O mejor dicho, el tipo de Washington que Trump encarna: uno que no distingue entre política exterior y campaña electoral. Para él, México no es un socio estratégico, sino un vecino que debe obedecer. Y cuando no lo hace, se le castiga con aranceles, amenazas militares o discursos incendiarios.

Aquí es donde los demonios del poder se manifiestan con claridad. Trump ha reiterado —sin demasiados filtros— su intención de atacar a los cárteles mexicanos dentro del territorio nacional, bajo el argumento de que son una amenaza directa a la seguridad estadounidense. Esa idea, que viola principios básicos del derecho internacional, se vuelve más viable políticamente si México aparece como un país “alineado” con gobiernos que Estados Unidos considera hostiles.

Cada barril enviado a Cuba alimenta esa narrativa. No importa si legalmente es defendible o si económicamente es marginal. En política internacional, la percepción pesa tanto como los hechos. Y la percepción que puede construirse es peligrosa: un México que desafía, que no coopera, que protege a unos mientras exige respeto de otros.

Sheinbaum enfrenta así una contradicción estructural. Por un lado, la continuidad ideológica con el obradorismo, que privilegia símbolos de autonomía y cercanía con gobiernos de izquierda en la región. Por otro, la realidad geopolítica: México depende de Estados Unidos en comercio, inversión, remesas y seguridad. No es una relación entre iguales, aunque se quiera presentar así.

El envío de petróleo a Cuba también abre un flanco interno. ¿Con qué narrativa se justifica apoyar energéticamente a otro país cuando Pemex arrastra deudas, refinerías ineficientes y un mercado interno tensionado? El argumento político puede sostenerse; el económico, menos. Y cuando ambos se debilitan, el costo recae en la presidenta.

El verdadero demonio no es Trump ni Cuba. Es la tentación de gobernar con símbolos en un entorno dominado por realidades duras. Es creer que la política exterior puede aislarse de la seguridad, del comercio y de la coyuntura electoral estadounidense. Es subestimar a un actor que ya demostró que está dispuesto a tensar la cuerda hasta romperla.

Sheinbaum no gobierna en tiempos normales. Gobierna en un escenario donde Estados Unidos discute abiertamente la intervención armada, donde el fentanilo define agendas y donde la ideología vuelve a ser excusa para la confrontación. En ese contexto, cada decisión internacional debería medirse no solo por su coherencia histórica, sino por su impacto estratégico.

El poder siempre exige elegir entre demonios. El error es pensar que no existen Los Demonios del Poder.