Gael Villoro
Si has sentido que tu feed de Instagram se llenó de repente de gente vestida con outfits negros asimétricos mirando cuadros que parecen garabatos, no estás alucinando: la Semana del Arte secuestró la CDMX. Pero vamos a ser brutalmente honestos: más allá del champagne tibio en vasos de plástico y las fiestas exclusivas donde todos se escanean el código de vestimenta con la mirada, hay un debate hirviendo en los pasillos de Centro Citibanamex y las galerías posh de la Juárez.
Este año, la polémica no es una obra invisible ni un plátano pegado con cinta de aislar —eso ya es historia antigua—. La discusión real es la gentrificación del gusto. Mientras los coleccionistas extranjeros pasean buscando dónde gastar sus criptomonedas en obras que combinen con sus lofts en Nueva York, los artistas locales se preguntan dónde quedó la propuesta. Hemos visto mucho «arte decorativo» seguro y poca víscera. ¿Realmente estamos apreciando la plástica o solo estamos pagando la entrada para taggear la ubicación?
Sin embargo, no todo está perdido en esta feria de las vanidades. Si te alejas del aire acondicionado y el glamour prefabricado, la verdadera sangre del arte mexicano está corriendo en los circuitos off. Nos lanzamos a las bodegas industriales de la Doctores y a los estudios improvisados en la Santa María la Ribera y nos topamos con una realidad vibrante: colectivos que montan exposiciones entre cajas de mudanza, performances que te incomodan (como debe ser) y precios que no insultan tu inteligencia.
¿Mi recomendación? Ve a la feria grande por el chisme y la foto, claro, pero guárdate la tarde para caminar las calles. El verdadero arte, ese que define la estética del futuro y no solo el mercado de hoy, está sucediendo donde no hay alfombra roja.