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Columnas

Después de Venezuela… ¿Sigue México?

5 de enero de 2026 · admin

 

Los Demonios del Poder

Después de Venezuela… ¿Sigue México?

Por: Carlos Lara Moreno

En política internacional, los hechos importan tanto como la manera en que se narran. Por eso, más allá de las versiones oficiales y de la guerra informativa que rodea a Venezuela, el mensaje que Washington quiere instalar es inequívoco: Estados Unidos se asume con la capacidad, y el derecho, de intervenir militarmente y capturar a un jefe de Estado al que considera una amenaza criminal. Esa narrativa, por sí sola, ya cambió las reglas del juego.

Venezuela se convirtió en el ejemplo. No solo por Nicolás Maduro, sino por lo que simboliza: un gobierno señalado como ilegítimo, vinculado al narcotráfico y, por tanto, susceptible de ser tratado no como actor político, sino como objetivo de seguridad. Cuando esa frontera se cruza, la diplomacia deja de ser el primer recurso y la fuerza empieza a verse como una opción legítima.

Para México, este escenario no es ajeno. Donald Trump lo ha dicho sin rodeos: en México, según él, gobierna el crimen organizado. Esa afirmación no es casual ni improvisada. Forma parte de un marco conceptual que convierte problemas complejos, corrupción, violencia, debilidad institucional, en una sola categoría peligrosa: la del “Estado capturado”. Y un Estado capturado, en esa lógica, pierde autoridad moral para exigir respeto absoluto a su soberanía.

Aquí entra el dilema de Claudia Sheinbaum, presidenta de México. Su gobierno enfrenta una presión inédita: cooperar en materia de seguridad con el país más poderoso del mundo sin validar una narrativa que podría volverse contra México. No es una discusión técnica, es profundamente política.

¿Negociar o ceder? Negociar implica aceptar colaboración, intercambio de inteligencia, coordinación institucional, pero bajo reglas claras y control del Estado mexicano. Ceder implica algo distinto: aceptar que el diagnóstico estadounidense es correcto y que, por tanto, México necesita “ayuda extraordinaria” para controlar su propio territorio. Esa diferencia, aparentemente semántica, es crucial.

El precedente venezolano, real, exagerado o manipulado, abre una pregunta incómoda: si Estados Unidos decide que los cárteles mexicanos son una amenaza equiparable al terrorismo, qué límites se impondrá a sí mismo? ¿Habrá respeto absoluto a la soberanía? ¿Se evitarán acciones militares en regiones controladas por el narco? La experiencia internacional muestra que cuando se impone la lógica de seguridad nacional, los límites suelen ser flexibles.

El argumento siempre es el mismo: operaciones “quirúrgicas”, daños “colaterales mínimos”, objetivos “claramente identificados”. Pero en territorios donde el crimen convive con comunidades enteras, esa supuesta precisión se diluye. El riesgo no es solo militar; es social, político y simbólico.

Sheinbaum no solo administra una relación bilateral compleja, sino una narrativa peligrosa. Si México acepta ser descrito como un Estado rebasado, la presión no se quedará en discursos. Vendrá en forma de condicionamientos comerciales, exigencias migratorias, listas negras financieras y, en el extremo, acciones unilaterales “preventivas”.

Resistir tampoco es gratuito. Implica confrontar al discurso dominante en Washington y asumir costos económicos y diplomáticos. Pero aceptar sin matices ese encuadre puede resultar aún más caro: normalizar la idea de que la soberanía es negociable cuando el crimen organizado está de por medio.

Los Demonios del Poder no avanzan con estruendo. Avanzan con conceptos. Primero se redefine al enemigo, luego se redefine al aliado y, finalmente, se redefine al Estado. Venezuela ya fue colocada en ese laboratorio. México observa, pero también está siendo observado.

La pregunta de fondo no es si habrá intervención militar mañana. Es si México permitirá que otros decidan cuándo su problema interno deja de ser un asunto nacional y se convierte en una amenaza internacional. Porque cuando eso ocurre, la decisión ya no está en Palacio Nacional.

Y en ese punto, los Demonios no piden permiso. Ejecutan.