miércoles 29 de julio de 2026
Última horaLa noticia servida con salsa
Banner bajo menú, anúnciate aquí en Guacamole Proyect
• Monreal defiende lineamientos de audiencias y descarta censura en medios • Congresistas, creadores y expertos debaten el futuro de los videojuegos • Mónica Herrera presenta herramienta digital para promover la lactancia materna • Presentan plataforma digital sobre lactancia para atender a un millón de madres • Movilidad en CDMX enfrenta 32 movilizaciones y lluvias el 29 de julio • Trampa con IA en examen UNAM: fallaron los 20 candados contratados • Sam Altman plantea frenar el desarrollo de la IA tras un ciberataque protagonizado por modelos de OpenAI • Nadar en ríos y lagos no siempre es seguro: los riesgos ocultos del agua que debes conocer
Columnas

Zócalo guinda: la regresión al ritual del viejo régimen o el día de la presidentA

8 de diciembre de 2025 · admin

La Jabalinada Por Bruno Cortés

Caminar el pasado 6 de diciembre por las calles aledañas al Primer Cuadro de la Ciudad de México provocaba un ineludible déjà vu. Para quienes cubrimos la fuente política en los años de hegemonía priista, la escena resultaba casi una calca, apenas matizada por el cambio en la paleta de colores. Donde antes ondeaban el verde, blanco y rojo de la CTM o la CNOP, hoy se agitan los pendones guindas; sin embargo, la mecánica del músculo político permanece intacta. El evento por los siete años de la llamada Cuarta Transformación no fue una celebración espontánea de la ciudadanía, sino la puesta en escena de una maquinaria corporativa que, lejos de desmantelarse, ha sido aceitada y reconfigurada bajo nuevas siglas.

La «operación cicatriz» del oficialismo comienza mucho antes de llegar a la plancha. Basta observar las filas interminables de autobuses foráneos estacionados en Tlalpan o Eje Central para entender que la lealtad, en gran medida, sigue viajando sobre ruedas y con viáticos pagados. Al igual que en los tiempos del «Día del Presidente», la asistencia se convierte en una métrica de disciplina interna para alcaldes, gobernadores y líderes sindicales. La espontaneidad, ese ingrediente vital que caracterizó el triunfo democrático del año 2000 o las primeras marchas de la izquierda opositora, ha sido desplazada por la logística del pase de lista, transformando al ciudadano libre en un número necesario para el aforo.

Lo más preocupante de este espejo retrovisor es la imperiosa necesidad de la presidenta de recurrir a este «baño de pueblo» manufacturado para legitimar su gobierno, inflando la percepción de apoyo con datos insostenibles. La cifra oficial de 600 mil asistentes es técnicamente imposible por el espacio físico; la plancha y las calles aledañas no tienen la capacidad métrica para albergar tal cantidad de cuerpos sin desafiar las leyes de la física, convirtiendo el reporte oficial en una fantasía matemática. El Zócalo lleno deja de ser un termómetro de popularidad real para convertirse en un ansiolítico político: una dosis masiva de aprobación visual y numérica diseñada para construir una realidad paralela donde el disenso no existe.

Este ritual de legitimación desnuda también la peligrosa fusión entre Partido y Estado, una de las herencias más nocivas del priismo clásico. Los recursos públicos, la infraestructura gubernamental y la red de «Servidores de la Nación» se volcaron para garantizar el éxito del evento, borrando la línea ética que debería separar la administración pública del proselitismo. Al normalizar el uso del aparato estatal para la exaltación de la figura presidencial, la 4T no está transformando la vida pública, sino restaurando las prácticas del presidencialismo imperial que tanto daño le hizo a la democracia mexicana.

La narrativa oficial insiste en que «no son iguales», pero la estética del poder sugiere lo contrario. El corporativismo, que antaño se nutría de los sindicatos charros, hoy se alimenta de la base de beneficiarios de programas sociales, creando una relación clientelar que condiciona la presencia física a cambio de la continuidad del bienestar. La plaza pública, históricamente el espacio para la protesta y la exigencia de cuentas, ha sido cooptada y convertida en un set de televisión donde el guion no admite improvisaciones ni reclamos, solo aplausos cronometrados.

Resulta irónico que, al cumplir siete años en el poder, el movimiento que prometió regenerar la vida pública de México termine replicando las liturgias del sistema que juró destruir. La obsesión por el control de la imagen y la intolerancia al vacío en el Zócalo revelan una inseguridad profunda en la cúpula del poder. No se llena la plaza para celebrar logros tangibles, sino para demostrar capacidad de movilización, una distinción sutil pero fundamental que separa a los líderes democráticos de los operadores de estructuras clientelares.

Al final del día, cuando los autobuses regresan a sus estados y la basura se acumula en las esquinas de Madero y 5 de Mayo, queda la sensación de que el tiempo en la política mexicana es circular. La Cuarta Transformación, en su afán de consolidarse, ha terminado por parecerse demasiado a aquello que combatía. El Zócalo se llenó, sí, pero no de esperanza renovada, sino de viejas costumbres vestidas con ropa nueva, confirmando que en la política mexicana, la forma sigue siendo fondo.