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México recicla PET, pero reprueba en basura urbana

18 de mayo de 2026 · admin

México lidera en reciclaje de PET, pero la mayor parte de sus residuos aún termina en rellenos o tiraderos.

México tiene una paradoja ambiental en la mesa: mientras el reciclaje de PET alcanza niveles de referencia internacional, el manejo general de residuos sólidos urbanos sigue siendo limitado, irregular y muy desigual entre municipios. El país genera alrededor de 120 mil toneladas de basura al día y solo una parte menor logra reincorporarse a una cadena formal de reciclaje.

El avance más visible está en el PET, material usado principalmente en botellas de agua, refrescos y otros envases. En 2025, México alcanzó una tasa nacional cercana al 64% de acopio y reciclaje de PET, una cifra superior a la reportada por países como Estados Unidos y Brasil, de acuerdo con datos del sector.

Ese resultado no ocurrió por arte de magia ni por echarle ganas desde la banqueta. Responde a más de dos décadas de inversión privada, centros de acopio, plantas de transformación, valor comercial del material y cadenas de recuperación donde participan empresas, recicladores, intermediarios y trabajadores informales. La industria del reciclaje en México emplea a decenas de miles de personas de forma directa e indirecta.

El Acuerdo Nacional para la Nueva Economía del Plástico reportó avances en recuperación de envases y uso de material reciclado posconsumo en nuevos productos. También documentó inversiones privadas en infraestructura para acopio, transformación y reincorporación de residuos plásticos a nuevas cadenas productivas.

Sin embargo, el buen desempeño del PET no representa por sí solo el estado real del reciclaje en México. La basura que sale de hogares, oficinas, mercados y comercios incluye restos orgánicos, cartón, papel, vidrio, metales, textiles, empaques multicapa y residuos mezclados que muchas veces pierden valor desde el primer paso: la separación en casa.

Ahí está el atorón principal. En muchas ciudades, las personas separan residuos, pero el sistema de recolección los vuelve a mezclar en camiones o estaciones de transferencia. En otras zonas, ni siquiera hay rutas diferenciadas, centros de acopio accesibles o campañas permanentes. Así, el ciudadano cumple en la cocina, pero el sistema falla en la calle.

El sector informal es una pieza central del reciclaje mexicano. Pepenadores, compradores de fierro viejo, centros de acopio barriales y recolectores independientes rescatan materiales que de otra manera terminarían enterrados o quemados. El problema es que buena parte de ese trabajo opera sin seguridad social, sin reconocimiento suficiente y sin integración plena a una política pública nacional.

En la Ciudad de México y otras zonas metropolitanas existen programas de separación de residuos orgánicos, inorgánicos reciclables e inorgánicos no reciclables. El reto no es solo tener reglas, sino hacerlas funcionar de manera constante: que el camión pase cuando debe pasar, que el personal esté capacitado, que la separación se respete y que el material llegue a donde sí se procesa.

El reciclaje también tiene una dimensión económica. El PET reciclado puede convertirse en nuevas botellas, fibras textiles, empaques, láminas y otros productos. El cartón, el aluminio y algunos metales tienen cadenas de recuperación más maduras porque conservan valor comercial. En cambio, otros residuos plásticos, empaques sucios o materiales compuestos tienen menos salida y suelen quedar fuera del circuito.

Para el lector, la utilidad práctica es clara: separar residuos sigue sirviendo, pero debe hacerse bien. Los envases deben vaciarse, aplastarse cuando sea posible y mantenerse secos; el cartón debe evitar contaminarse con grasa; el vidrio debe separarse con cuidado; y los residuos orgánicos pueden destinarse a composta cuando haya condiciones para hacerlo.

El país necesita avanzar en tres frentes: separación desde el origen, recolección diferenciada y trazabilidad del material recuperado. Sin esos pasos, el reciclaje queda como una buena intención doméstica, pero no como una política ambiental de gran escala. La economía circular exige algo más que botes de colores: requiere infraestructura, vigilancia, mercado y corresponsabilidad.

México ya demostró que puede construir una cadena funcional cuando hay valor económico, inversión y coordinación, como ocurre con el PET. La pregunta ahora es si ese modelo puede ampliarse a otros residuos y llegar a colonias, escuelas, oficinas, mercados y municipios donde todavía se recicla poco, tarde o de plano nada.

El desafío no está solo en convencer a la gente de separar la basura. También está en garantizar que lo separado no termine en el mismo montón. Ahí se juega la diferencia entre una política ambiental seria y el clásico “sí se puede”, pero a medias.