Por Bruno Cortés
La presidenta Claudia Sheinbaum propuso el domingo 9 de agosto, desde el ejido de Santiago Xalitzintla, Puebla, renombrar el Paso de Cortés como «Paso de los Pueblos Indígenas» durante el arranque de la Jornada Nacional de Reforestación 2026. Al día siguiente pidió a la consejera jurídica Luisa María Alcalde revisar el procedimiento legal para oficializar el cambio. La propuesta prendió el debate en menos de 24 horas, y no por donde el gobierno esperaba: el reclamo más filoso no vino de quienes defienden a Hernán Cortés, sino de quienes señalan que el sitio ya tenía nombre propio, y no es ése.
El punto en disputa es un puerto de montaña a 3,600 metros sobre el nivel del mar, encajado entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, en el municipio de Amecameca, Estado de México. Ahí corre el parteaguas de las cuencas de México y del Balsas: la costura entre el valle chilango y el poblano-tlaxcalteca. Quien controlaba ese paso controlaba el tránsito entre dos de las regiones más pobladas de Mesoamérica. Y lo controló alguien mucho antes de que llegara el extremeño.
La denominación actual proviene de un episodio de días. Tras los hechos de Cholula, la tropa española cruzó rumbo al Valle de México y a Tenochtitlan en 1519; desde ese punto se despachó la expedición que subió al volcán a buscar azufre para la pólvora de los cañones. Un tránsito. Un episodio. Contra eso, la ocupación humana de la zona está documentada desde mucho antes: en Tlalmanalco, al pie de la ruta, se identificó una aldea del horizonte formativo fechada entre 3100 y 600 antes de Cristo. Póngalo en perspectiva: es como si a la casa de sus abuelos le pusieran el nombre del plomero que fue una tarde a cambiar una llave.
Aquí entra el nombre que la propuesta oficial dejó fuera. En el debate público ya circulan al menos dos denominaciones prehispánicas: Cuauhíchcac, «el talón del águila», y Tlamacaxco, que algunos glosan como «paso superior». La lectura más extendida de esta última raíz apunta a otro lado: tlamacazqui significa sacerdote, en el sentido de quien se dedica a hacer ofrendas a los dioses, de modo que Tlamacazco se traduce como «lugar de los ofrendadores». No es adorno poético. Es una descripción de oficio.
Y ese oficio no era abstracto. Los dos volcanes eran deidades del agua dentro del complejo de los Tlaloque, y el paso funcionaba como acceso al santuario de altura: las fiestas dedicadas a Tláloc las oficiaban los sacerdotes y tlamacazque. El nombre decía qué se hacía ahí. La prueba de que no se inventó ayer sigue impresa en la cartografía federal: el albergue del Popocatépetl, a 3,962 metros, se llama Tlamacas. La raíz aguantó el virreinato, el siglo XX y el turismo de montaña sin que nadie tuviera que decretarla.
¿Y quién sigue ofrendando en el cerro? Los graniceros o tiemperos de Xalitzintla, San Pedro Nexapa, Atlautla y Amecameca, que suben al que llaman Don Goyo con flores, comida y rezo. Aquí está el detalle que nadie debería pasar por alto: el anuncio presidencial se hizo precisamente en Santiago Xalitzintla. En el patio de la gente que todavía practica el rito que le dio nombre náhuatl al lugar se propuso una denominación genérica en español.
La presidenta defendió la decisión sin rodeos. Sostuvo que «algunos se molestaron», pero que los nombres de calles y monumentos «reflejan a quién veneramos y a quién no», y que quien se inconforma «venera a Cortés». También leyó un documento de 1548 atribuido a Carlos I de España con acusaciones contra el conquistador por muerte y esclavización de indígenas, y presumió los cambios que impulsó como jefa de Gobierno capitalina: Árbol de la Noche Triste a Noche Victoriosa, Puente de Alvarado a Calzada México-Tenochtitlán, y la estación Zócalo a Zócalo-Tenochtitlán. Ojo con el segundo caso: ahí no se sustituyó un conquistador por una categoría, sino por un nombre histórico específico. Ese mismo criterio, aplicado al paso, no da «Pueblos Indígenas».
Del otro lado también hay reclamo, y no solo de columnistas. Parte de los señalamientos apunta a que el gobierno concentra atención en una disputa histórica mientras persisten problemas actuales de las comunidades originarias: violencia, desplazamientos y carencias de servicios. En la falda del volcán la traducción es literal: rutas de evacuación, monitoreo del cono y desazolve de barrancas. El mismo evento donde se lanzó la propuesta anunció intervención sobre 32 mil 184 hectáreas de la zona Izta-Popo mediante acciones de restauración ambiental. Cambiar el letrero cuesta lo que cuesta una lámina; lo demás cuesta presupuesto.
¿Qué le cambia esto a usted en concreto? Si sube a la caseta del Parque Nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl —decretado en 1935 y hoy con museo, estacionamiento y cobro de acceso—, la señalización y los mapas tendrán que actualizarse. El cambio no es automático: requiere plasmarse en el marco jurídico correspondiente, y el gobierno adelantó que trabajará en la modificación legal. Ahí se abre la puerta que importa: cualquier decisión sobre nomenclatura en territorio de pueblos originarios pasa por la consulta previa, libre e informada. Es decir, la última palabra debería tenerla Xalitzintla, no la Consejería Jurídica.
Y entonces queda la pregunta que conviene llevarse a la mesa: si de veras se trata de reconocer a los pueblos originarios, ¿por qué se les nombra en español y en abstracto, en lugar de devolverle al lugar el nombre que ellos mismos le pusieron, en su propia lengua? Cortés estuvo ahí unos días. Los ofrendadores llevan cuatro mil años. Pregúntele a quien tenga junto cuál de los dos nombres suena más a México.



